lunes, 27 de abril de 2020

Delirio De: Felipe Guerra Castro

En un charco de sangre, allí estaba tendida
para siempre callada, para siempre dormida,
con los ojos abiertos muy abiertos...abiertos
y mirándome siempre como miran los muertos,
sin amor y sin odio, sin placer ni amargura, 
con sutil ironía y a la vez con ternura.
El puñal en mi diestra todavía humeaba,
pero ya a mis oídos el furor no gritaba,
y crecía el espanto, y la angustia crecía
y humeaba en mi diestra el puñal todavía
con el vaho candente de tu sangre de diosa.
¿Cómo fue?...¿Quién lo sabe, si lo ignoro yo mismo?
¿Fue ascensión a la cumbre? ¿Fue descenso al abismo?
Sólo sé que en tus ojos vi otros ojos impresos,
que sentí entre tus labios el calor de otros besos,
y entre sombras y dudas mi razón agitada,
quise hallar a tu sangre otra sangre mezclada,
y al vengar mis agravios y entregarte a la muerte,
hasta el último instante, hasta el último verte,
y  ver cuál se borraban en tus yertos despojos
la impresión de esos labios, la impresión de esos ojos;
y en tus labios ya muertos, y en tus labios ya fríos,
para siempre dejarte la impresión de los míos.

Era ya media noche en la oscura alameda

murmuraban las hojas con la voz débil y queda,
mientras dulce y tranquila, tras finísimo velo de neblina, 
la luna se elevaba en el cielo.

¡Cuán hermosa es la vida! ¡Cuán hermosa! dijiste.
Si la vida es hermosa--contesté-- pero es triste que se acabe tan pronto...

miércoles, 22 de abril de 2020

Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».